El día que había querido evitar, que no quería sentir ni ser parte, había llegado. Mis hermanitas se iban con su papá, y en pocas horas debía partir a Nueva York. ¿Qué más tristeza podía sentir? No tenía el valor para verlas, de darles el último abrazo; de decirles lo mucho que las iba a extrañar y que las amaba con locura.
Me acerqué despacio a sus camas, y aún estaban durmiendo como dos lindos angelitos entre sus sábanas rosadas con lunares blancos. Observé la habitación y aún quedaban cosas