En el templo de Olimpia, una tensión palpable llenaba el aire. Zeus, sentado en su trono dorado, miraba fijamente el Orbe que flotaba frente a él. Su superficie emitía destellos de luz azulada que parecían formar patrones en constante cambio, como si intentara comunicar un mensaje oculto. Atenea, con su mirada afilada, observaba a su padre en silencio. Artemisa y Apolo estaban a su lado, intercambiando miradas cargadas de incertidumbre. Las columnas del templo, decoradas con relieves que contab