La niebla envolvía las ruinas como un velo pesado, atenuando los sonidos del entorno y sumiendo todo en una inquietante quietud. Cada paso que daban Lyra, Kieran y Dorian resonaba en el silencio, un eco que parecía burlarse de su agotamiento. Sus cuerpos estaban cubiertos de heridas, sus almas llevaban las cicatrices de las visiones y batallas que habían enfrentado, pero aun así, continuaban avanzando.
—Esto tiene que ser el lugar, —dijo Lyra, deteniéndose para observar el desgastado templo que