El refugio en la grieta era oscuro y silencioso, pero ni la penumbra ni el aislamiento podían ahogar el caos que rugía dentro de Ethan. Afrodita se arrodilló frente a él, observándolo con una mezcla de preocupación y firmeza. Sus manos descansaban en las suyas, cálidas y constantes, pero él apenas podía sentirlas. El peso de la culpa era un torbellino que no le daba tregua.
—Tarek, —susurró Ethan, con la voz temblando mientras la imagen del mestizo lo atravesaba como un cuchillo—. Él murió por