El silencio que siguió a la explosión fue más aterrador que el estruendo mismo.
El polvo de hormigón flotaba en el aire como una niebla grisácea, asfixiante, cubriendo los restos de lo que hace minutos era el sueño de Aria, bajo toneladas de vigas retorcidas y paneles de yeso, la oscuridad era absoluta.
Killian llegó al lugar antes que las primeras ambulancias.
Había seguido el rastro del GPS de Aria con un presentimiento que le oprimía el pecho desde que ella salió de la mansión, al ver la col