El calor de las llamaradas era un muro sólido que deformaba la realidad, convirtiendo el aire en un fluido denso y tóxico que distorsionaba la vista.
Aria sentía que el oxígeno desaparecía de sus pulmones, reemplazado por un humo negro y aceitoso que empezaba a lamer el techo del almacén, descendiendo en volutas mortales que la dejaban sin poder respirar.
Cada intento por inhalar terminaba en una punzada de dolor en el pecho y una tos violenta que le nublaba la vista.
A través de la cortina de