El silencio en The Cliffs era denso, casi tangible, solo interrumpido por el rugido rítmico del Atlántico estrellándose contra las rocas cien metros más abajo.
La mansión, que durante semanas había sido un centro de mando lleno de abogados y escoltas, se sentía extrañamente vacía.
Eleanor y Harrison descansaban en el ala opuesta, recuperando los años robados, dejando a Aria y Killian en un limbo de quietud antes de la tormenta final.
En la habitación de Aria, la única luz provenía de la chimene