Mundo ficciónIniciar sesiónCapítulo 3
Luciano se acercó con paso firme y me ayudó a levantarme del suelo. Con delicadeza, presionó un pañuelo blanco contra mi mejilla, donde la sangre empezaba a brotar.
—¡¿Qué carajos está pasando aquí?! —gritó. La rabia vibraba en su voz y en la tensión de su mandíbula.
—Hermano, no te metas —intervino mi suegra con frialdad—. Daniel solo está enseñándole a su esposa cómo debe comportarse, ella atacó a una invitada tan especial como Noelia.
Luciano miró a Daniel con esa intensidad que siempre lo caracterizaba. Daniel bajó la mirada un segundo, pero luego la levantó, desafiante.
—Es mi esposa. Es asunto nuestro, no tienes porqué meterte.
Luciano me apartó con cuidado y se acercó a su sobrino. Lo agarró del cuello de la camisa con fuerza, casi levantándolo del suelo.
—Me importa un puto comino que sea tu esposa —gruñó—. Es una mujer, y aquí se le respeta. No somos emperadores de Roma, no tienes la sangre azul sobrinito.
Sin esperar respuesta, Luciano me tomó del brazo con suavidad y me llevó dentro de la casa. En la cocina, le pidió el botiquín a una empleada y comenzó a limpiar mi herida con delicadeza, aunque su rostro reflejaba una furia que lo hacía temblar, fue suave y dulce conmigo.
Yo sollozaba en silencio, sintiendo que el dolor físico no se comparaba con el que me quemaba el alma, Daniel me había destrozado.
—Gracias, señor… Yo…
—¿Te pega? —me preguntó de pronto, mirándome fijamente—. Dime la verdad, Paulina. ¿Ese imbécil de Daniel te golpea?
Negué con la cabeza, asustada. Lo último que necesitaba era más conflictos familiares, además aunque no era un justificante, era la primera vez que lo hacía.
—No se preocupe, yo puedo con esto —le menti, no podía ni con mi vida.
Cuando terminó de curarme, levantó la mirada y se detuvo en mi cicatriz. Por un instante, vi cómo sus ojos se abrían con sorpresa, en ese momento reaccione y recordé.
Era la primera vez que me veía así, convertida en este monstruo que yo misma detestaba, aquella marca que me volvía despreciable para todos.
Me aparté avergonzada y dejé que mi cabello cayera sobre la mejilla, como había hecho durante los últimos cinco años, ocultar aquella vergüenza.
—Paulina... Yo...
El abuelo bajó a la cocina en ese momento. Al ver a Luciano, su rostro se iluminó. Lo abrazó con fuerza, emocionado, con los ojos llenos de lágrimas.
—Me alegra tanto que estés de regreso, hijo…
Entonces me miró y frunció el ceño.
—¿Qué te pasó?
—Nada, abuelo —interrumpí rápidamente antes de que Luciano hablara—. Me caí, pero Luciano me ayudó.
Le supliqué con la mirada que guardara silencio. El abuelo estaba enfermo y no quería preocuparlo con el veneno que envenenaba a su familia.
Nos dirigimos al comedor, donde todos fingieron que nada había ocurrido. Me senté al lado de Daniel y frente a Luciano, quien no dejaba de mirarme con una preocupación, además de ver a Daniel de reojo con rabia.
—En casa arreglamos esto —me susurró Daniel al oído, con voz amenazante, odiaba que lo dejara mal delante de los suyos.
El abuelo levantó su copa de champán con mano temblorosa.
—Como saben, Daniel y Luciano son los dos candidatos más fuertes para heredar el control del corporativo. He decidido que el primero que me dé una nueva línea de sucesión… es decir, el primero que tenga un hijo, obtendrá el control total.
Daniel golpeó la mesa con fuerza.
—¡Pensé que me lo dejarías a mí! Llevo cinco años al frente de las empresas con éxito.
—Te corrijo, niño —respondió Luciano con calma, bebiendo de su copa—. Tú las has cuidado. Yo las he hecho crecer, gracias a mis inversiones es que hemos mantenido el lugar número uno en la ciudad.
El abuelo se levantó, muy irritado.
—Solo quiero asegurarme de que la familia no se extinga. Mientras tanto, Luciano se encargará de las empresas… y, a petición suya, Paulina será su asistente personal.
Abrí los ojos, sorprendida. Miré a Luciano, quien me sostuvo la mirada con una sonrisa sutil pero peligrosa.
—No lo voy a permitir, abuelo —protestó Daniel, agarrándome la muñeca con fuerza—. Paulina es mi esposa. No hará nada sin mi autorización, ella no trabaja, cuida de su familia que soy yo.
—¿En qué época vives, Danielito? —replicó Luciano con tono burlón—. Antes de casarte con ella, Paulina era la mejor de su generación en la carrera de administración. ¿Por qué te sorprende que la elija?
El abuelo golpeó la mesa una vez más.
—Daniel, lo que dije es una orden. Desde mañana, Paulina trabajará con Luciano.
El abuelo se retiró, dejando un silencio pesado en el comedor. Los había puesto a competir y se que Daniel soñaba con la idea de demostrar que era mejor que Lucíano.
De regreso a casa, Daniel no dijo una palabra hasta que entramos en la habitación. Entonces me jaló del brazo con violencia y cerró la puerta de un golpe.
—¡Tú no vas a trabajar con el idiota de mi tío! —gritó fuera de control.
—No tengo nada que ver con esta decisión. Fue cosa del abuelo —respondí, con la voz temblando.
—Mañana irás con él y le dirás que no puedes trabajar. Tu deber es darme un hijo.
A pesar del miedo que me recorría el cuerpo, intenté mantenerme firme.
—Voy a obedecer al abuelo. No hay nada de malo en que trabaje.
Daniel soltó una risa sarcástica.
—¿Nada de malo? Ese idiota de Luciano siempre estuvo obsesionado contigo. Por primera vez en mi vida, le gané la partida y tu me preferiste a mi.
Lo miré a los ojos, sintiendo un nudo doloroso en la garganta, el me veía más como un trofeo que como su esposa.
No podía soportar más, el alma se me iba a romper si seguía a su lado.
—Quiero el divorcio.







