EL INFIERNO

Capítulo 1

Cinco años después...

—¡Apúrate, estúpida! —La voz de Daniel sono desde la habitación.

Corrí lo más rápido que mis piernas temblorosas me permitieron, sosteniendo la camisa blanca con ambas manos. Apenas crucé la puerta, me empujó con fuerza contra la cama. 

—Te dije claramente que quería la camisa azul —gruño, con los ojos ardiendo de rabia—. Hoy es un día importante en la empresa y tú no eres capaz ni de cumplir algo tan simple.

—Lo… lo siento —balbuceé, bajando la mirada—. La azul todavía no está planchada. Me quedé hasta tarde terminando el resto de tu ropa y…

Me arrancó la camisa de las manos y se la puso muy molesto, con el ceño fruncido.

—Dame las mancuernas de tu padre. Quiero verme poderoso.

Mi corazón se encogió. Esas mancuernas eran uno de los pocos recuerdos que me quedaban de mi papá. Después del accidente que lo mató y que me dejó marcada para siempre, Daniel se había hecho cargo de todo.

Al parecer mi padre estaba en quiebra y al morir los acreedores me quitaron todo lo que me quedaba, me dejaron sin nada, ahora vivía a merced de mi esposo.

Se las entregué con manos temblorosas. Él extendió los brazos, esperando que se las colocara.

—Por favor… cuídalas —susurré con la voz rota.

Daniel soltó una risa cruel.

—Lo mínimo que puedes hacer es servirme. Sigo aquí, a tu lado, a pesar de que ahora eres esto —dijo, señalándo con desprecio la cicatriz de mi mejilla —. ¿Sabes cuántas mujeres de mi nivel matarían por estar conmigo? Y yo las rechazo… por ti. Deberías estar agradecida.

Se inclinó y dio un beso posesivo en mis labios, luego se dio la vuelta y salió de la habitación sin mirarme.

Me quedé sentada en la cama, tocándome los labios. Cinco años de humillaciones constantes, de recordatorios diarios de que yo ya no era una mujer hermosa. Solo un monstruo con cicatrices. Y lo peor era que… había empezado a creerlo.

Esa noche teníamos una cena con el abuelo Bustamante. Daniel odiaba llevarme a eventos sociales, decía que mi rostro arruinaba su imagen. Pero frente al abuelo, no tenía opción. El anciano me adoraba y me trataba como a su verdadera nieta.

—Quiero que te veas lo mejor posible —ordenó Daniel más tarde, mientras se ajustaba los gemelos frente al espejo—. Esta noche llega mi tío Luciano de París. El abuelo lo mandó llamar especialmente.

La noticia me cayo como un balde de agua fría. Luciano. Hacía cinco años que no lo veía. Cinco años desde aquella noche que lo vi fantaseando conmigo. Si me viera ahora… ¿qué pensaría? Ya no era la joven sonriente y hermosa que él recordaba. Ahora solo era un monstruo con una horrible cicatriz.

—No quiero ir —murmuré, casi sin voz.

Daniel se giró lentamente. En dos pasos estuvo frente a mí, me agarró del brazo con fuerza, clavando sus dedos en mi piel.

—¿Qué dijiste? —preguntó peligroso.

—Que… no quiero ir, Daniel. Por favor.

Su rostro se transformó. La máscara de elegancia desapareció por completo.

—Vas a ir. Así tengas que arrastrarte por el suelo o vomitar en el camino, vas a estar ahí sonriendo como la esposa perfecta. No pienso darle explicaciones al abuelo por tu culpa. ¿Entendido?

Las lágrimas querían salir, pero las contuve. Ya había aprendido que llorar solo empeoraba las cosas.

—Sí… entendido

Llegamos a la mansión de los Bustamante poco después de las ocho. El abuelo me recibió con una sonrisa afectuosa, como siempre. Sin embargo, el resto de la familia no se molestó en fingir.

Los padres de Daniel, sus tías y sus hermanos me miraron con el mismo desprecio de siempre. Para ellos, mi cicatriz y la ruina de mi familia seguían siendo una mancha imperdonable en su linaje.

Saludé a cada uno con cortesía, tal como había aprendido a hacer durante estos años. Recibí a cambio sonrisas frías y miradas con desdén.

El abuelo se disculpó poco después. Su salud era cada vez más frágil y necesitaba descansar. Me dejó sola con los lobos.

Estaba sirviéndome una copa de agua cuando escuché una voz que reconocí al instante.

—Hola, Daniel...

Noelia.

Llevaba un vestido rojo ceñido al cuerpo, con un escote pronunciado que dejaba poco a la imaginación. Su sonrisa era de seducción, y sus ojos brillaban con esa arrogancia que siempre había tenido conmigo.

Daniel se acercó a ella sin dudar. Le dio un beso en la mejilla, pero sus labios se acercaron más a sus labios, y su mano se puso con familiaridad en la curva de su cintura. No era la primera vez que se veían. Lo supe con solo mirarlos.

—¡No puede ser! —exclamó Noelia de pronto, con los ojos muy abiertos—. ¿Ese es el collar de la colección de invierno del 95?

Instintivamente, llevé una mano a mi cuello. Aquella pieza había pertenecido a mi madre. Mi padre se la regaló cuando eran novios. Era una de las pocas cosas que logré salvar de las subastas y los acreedores.

—Una joya exquisita —comentó Daniel con una sonrisa.

—Lástima que la modelo no sepa lucirla —añadió Noelia con una risa sarcástica que me revolvió el estómago.

Varias miradas se clavaron en mí. Mi suegra me observó con frialdad, como si estuviera cometiendo un sacrilegio al llevar algo tan valioso.

—Tienes razón —dijo mi suegra con voz cortante—. Dáselo a Noelia. Le quedará mucho mejor.

Daniel me miró con una ceja arqueada, esperando.

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