La noche cayó sobre el Templo de los Veladores sin previo aviso. No hubo brisa. No hubo estrellas. Solo un susurro, leve, como el roce de hojas secas, que atravesó el aire como una advertencia ancestral.
Sariah sintió la perturbación antes de que ocurriera. Despertó empapada en sudor, con el símbolo del ojo invertido ardiendo tenuemente en su pecho. El eco no le hablaba esa vez. El silencio era aún más ominoso. Era como si el mundo contuviera el aliento, a la espera de algo que no podía detener