La luna seguía alta, pálida y cruel en lo alto del cielo. Las sombras del Valle del Eco se alargaban como garras, y el eco del ritual aún vibraba en el corazón de Serena. No había regresado a sus aposentos. Se mantuvo en el templo superior, sola, envuelta en el silencio y en la creciente incertidumbre que le nublaba el juicio. Su respiración era contenida, como si el más mínimo suspiro pudiese romper la delgada línea entre la verdad y la traición.
Kael fue el primero en ascender. No hizo ruido.