El amanecer no trajo consuelo.
La luz se filtraba a través de las cortinas como cuchillas doradas, y Serena, despierta desde mucho antes del alba, sentía que su cuerpo ya no le pertenecía del todo. El fragmento dentro de ella pulsaba con fuerza creciente, como un segundo corazón que latía al ritmo de una voluntad ajena.
Kael la observó desde el umbral, sin entrar aún. Ella no lo había notado. Estaba de pie frente al espejo de obsidiana, el que su madre usaba antes de morir. Sus dedos recorrían