LAURENTH
El sol del mediodía caía pesado sobre la arena del campo de entrenamiento. El aire olía a metal, sudor y tierra caliente.
Kael y yo nos movíamos como un solo cuerpo: ataque, defensa, giro. Cada golpe suyo era una caricia de guerra.
—Vamos, amor —gruñó con una sonrisa desafiante—. Puedes hacerlo mejor. No te desconcentres.
Su voz me impulsó. Fingí un movimiento a la derecha, giré y lo derribé con un barrido limpio.
El golpe levantó polvo. Kael cayó de espaldas y yo, sobre él, le sonreí