LAURENTH
La habitación estaba en penumbras, iluminada apenas por la luz de la luna que se filtraba por las cortinas. El bullicio de la fiesta había quedado atrás, y ahora solo existía el silencio, el calor del cuerpo de Kael contra el mío y el suave murmullo de nuestros latidos.
Estábamos en la cama, yo recostada de lado, con su brazo rodeándome como un lazo imposible de romper. Sus dedos acariciaban con infinita delicadeza mi vientre, como si temiera romper el milagro que llevaba dentro. Cada