Panecillos, aceite y una ducha.
Las semanas pasan entre turnos de trabajo, clases con niños patinadores, meriendas compartidas y silencios cada vez más cómplices. Reik y Nicolás ya no se saludan con timidez: ahora se buscan con la mirada, se lanzan bromas privadas y a veces sus manos se rozan sin querer... o queriendo.
Una tarde cualquiera, Reik camina hasta la casa de Nicolás con una canasta de panecillos recién horneados. Livia está bordando en el jardín y le guiña un ojo antes de dejarlo seguir. Los padres de Nicolás han