capítulo 11

Estaba recostada en la cama, tratando de asimilar el lujo de la habitación, cuando escuché unos golpes suaves en la puerta: toc, toc.

—¿Señorita? —Era la voz de Sebastián. —Sí, pasa.

Sebastián entró casi corriendo. —Responda, por favor —dijo con urgencia mientras me extendía su teléfono. En cuanto lo tomé, se retiró de la habitación para darme privacidad.

Puse los ojos en blanco. «Uf, qué fastidio», pensé. Llevé el teléfono a mi oído. —¿Hola?

—Hola, Amanda. ¿Cómo estás? ¿Te du
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