Había un hombre de traje negro frente a mi puerta. Tenía buen porte, piel morena y unos ojos azules que contrastaban con su seriedad. Jamás lo había visto en el edificio y, para mis adentros, pensé que estaba demasiado arreglado para vivir en un lugar como este. Mientras hablaba por celular, me vio llegar.
—Señor, la señorita acaba de aparecer —dijo, y sin darme tiempo a reaccionar, extendió el teléfono hacia mí—. Señorita Amanda, el señor quiere hablar con usted. Responda, por favor.
Tomé el