CAPÍTULO 62
La oscuridad era casi absoluta. No había farolas, ni casas a la vista, solo la cinta negra del asfalto tragada por la penumbra.
Cuando el pequeño símbolo de señal finalmente apareció en la esquina de la pantalla de su teléfono y la cascada de notificaciones hizo vibrar el aparato en su mano congelada, Catarina sintió que el alma le volvía al cuerpo. No dudó ni una fracción de segundo. Sus dedos, rígidos y entumecidos por el frío, torpemente presionaron la notificación de llamada per