Mundo ficciónIniciar sesiónSebastián se ajustó los gemelos de plata frente al espejo del salón, preguntándose por décima vez en la última hora qué demonios estaba haciendo. No sabía el motivo exacto por el cual le había pedido a Catarina que lo acompañara a la gala anual que organizaban sus padres. Sin embargo, allí estaba él, esperando a que su vecina cruzara el pasillo para subir al ascensor.
Catarina había aceptado sin rechistar. Después de la humillación en el despacho y el salvavidas financiero que él le había lanzado, ella parecía decidida a cumplir con su parte del trato. "Sigue mis instrucciones", le había dicho él. Y ella, con una docilidad que no le pegaba nada, había asentido.
Cuando la puerta del 7A se abrió, Sebastián tuvo que hacer un esfuerzo consciente para no arquear las cejas. Catarina no llevaba un vestido de gala tradicional. Vestía un traje de noche verde esmeralda que resaltaba el brillo de sus ojos y la hacía parecer una esmeralda sin pulir entre una montaña de piedras de imitación. Estaba hermosa, de una forma vibrante que cortaba el aire.
— Instrucción número dos, Catarina: no hables demasiado. En estas fiestas, cuanto menos dices, más inteligente pareces —sentenció él mientras bajaban en el ascensor.
— Entendido, jefe. Seré una tumba elegante —respondió ella con una sonrisa nerviosa.
La mansión de los padres de Sebastián, situada en las afueras de la ciudad, era un despliegue de opulencia. El jardín estaba iluminado por miles de luces pequeñas y el sonido de un cuarteto de cuerda llenaba el ambiente. Sebastián la presentó a todo el mundo como su asistente de confianza. Era una etiqueta segura, una que explicaba su presencia sin dar pie a chismes innecesarios. Durante la primera hora, Catarina se comportó a la perfección. Bebió agua, sonrió con la medida justa y se mantuvo cerca de Sebastián como una sombra obediente.
Todo iba perfectamente bien hasta que el aire pareció succionar de los pulmones de Catarina.
En el otro extremo del salón, entrando con la suficiencia de quien se siente dueño del mundo, apareció Rodrigo. Llevaba un esmoquin que probablemente Catarina todavía estaba pagando con su sueldo embargado, y de su mano colgaba Tiffany, la rubia perfecta, envuelta en un vestido blanco que gritaba futura esposa por todos sus costados.
Sebastián sintió el cambio en la temperatura corporal de Catarina antes de que ella reaccionara. Vio cómo su rostro perdía todo rastro de color y cómo sus manos empezaban a temblar. Antes de que él pudiera decir una sola palabra de advertencia, Catarina reaccionó por instinto. Se lanzó hacia él y le tomó la mano con una fuerza sorprendente, entrelazando sus dedos con los de él.
— Catarina, ¿qué estás haciendo? —susurró Sebastián entre dientes, manteniendo una sonrisa gélida para los invitados que los rodeaban.
— Sígueme el juego, por favor... te lo suplico —masculló ella, con la voz al borde del pánico.
— ¿De qué hablas? Suéltame la mano, esto no tiene nada que ver con el comportamiento de una asistente.
Pero ella no lo soltó. Al contrario, se pegó más a su brazo. En un movimiento que dejó a Sebastián mudo, Catarina empezó a reírse de una forma melodiosa y falsa, alzando una mano para acariciar con excesiva familiaridad el nudo de la corbata de seda de Sebastián. Sus ojos brillaban, pero no de alegría, sino de una desesperación absoluta.
— ¿Me puedes explicar qué te pasa? Ahora te volviste loca de remate —siseó él, tratando de apartarse sin causar un espectáculo.
— Por favor, sígueme la corriente... nos está viendo Rodrigo. Está justo ahí —suplicó ella, con los ojos fijos en el nudo de su corbata—. Ahí viene hacia nosotros. No dejes que me vea como la tonta que dejó tirada en la barra.
Sebastián levantó la vista y su sangre se congeló por un motivo diferente. Vio a Rodrigo acercarse con esa sonrisa de suficiencia que tanto odiaba. Porque Sebastián no solo conocía a Rodrigo por los relatos de Catarina; lo conocía perfectamente desde hacía veinte años. Habían sido compañeros en el colegio más exclusivo de la ciudad. Rodrigo siempre había sido el chico popular, el manipulador, el que robaba méritos ajenos y salía impune.
Lo odiaba. Lo odiaba con una intensidad que su lógica no podía mitigar.
— Catarina, qué sorpresa verte aquí —comentó Rodrigo cuando llegó a su altura, deteniéndose frente a ellos con una elegancia ensayada—. Realmente este mundo es un pañuelo.
Catarina se puso rígida, pero no soltó el brazo de Sebastián. Rodrigo la miró con una mezcla de lástima y condescendencia, como quien mira a una mascota que ha encontrado un nuevo dueño.
— Mi amor, te presento a una vieja amiga —dijo Rodrigo, dirigiéndose a la mujer que tenía al lado, que miraba a Catarina con una curiosidad desprovista de interés.
"¿Vieja amiga?", pensó Catarina sintiendo un fuego quemándole las entrañas. "¿En serio, Rodrigo? ¿Cuatro años de mi vida se resumen en 'vieja amiga'?". El dolor fue tan agudo que la hizo reaccionar con una audacia que nunca supo que poseía. Miró a Sebastián, implorando con la mirada que no la dejara caer.
Sebastián, al ver la cara de Rodrigo, sintió que algo dentro de él se rompía. No era solo por ayudar a Catarina; era por el placer de borrarle esa sonrisa de idiota a su antiguo enemigo. Así que, en lugar de apartarse, Sebastián rodeó la cintura de Catarina con su brazo, atrayéndola firmemente contra su costado en un gesto posesivo y protector.
— Catarina —dijo Sebastián, su voz resonando con una autoridad que hizo que Rodrigo parpadeara sorprendido—. No me habías dicho que conocías a... ¿cómo dijiste que se llamaba? ¿Rodrigo?
Rodrigo frunció el ceño, reconociendo finalmente al hombre que tenía enfrente. — No sabía que tú y Catarina... bueno, que se conocían.
Catarina vio la apertura y se lanzó de cabeza al abismo.
— Oh, Rodrigo, es que han pasado tantas cosas en este mes —dijo ella con una voz dulce y cargada de veneno
— Qué gusto conocerte— dijo mirando a la mujer rubia. Soy Catarina. Y bueno, ya que estamos de presentaciones... les presento a mi nuevo novio, Sebastián...
Se quedó en blanco un segundo, dándose cuenta de que ni siquiera recordaba el apellido completo del hombre que estaba pagando sus deudas. Le dio un apretoncito en el costado, suplicando en silencio.
— Sebastián…—murmuró ella, lo suficientemente alto para que Rodrigo lo escuchara.
Sebastián sintió una mezcla de irritación y una extraña adrenalina. Miró a Rodrigo directamente a los ojos, disfrutando del desconcierto en el rostro del otro hombre.
— Sebastián Ortega —completó él, apretando la cintura de Catarina—
El silencio que siguió fue glorioso. Rodrigo abrió la boca para responder, pero la mujer a su lado lo tironeó del brazo, incómoda por la tensión evidente.
— Vaya —logró decir Rodrigo, cuya sonrisa se había vuelto tensa—. No sabía que tenías tantos gustos tan... académicos, Catarina. Sebastián siempre fue el más serio de la clase.
— La seriedad es una virtud cuando se trata de compromisos reales, ¿no crees? —remató Sebastián, dándole un beso suave en la sien a Catarina, un gesto que la dejó en shock total.
Cuando Rodrigo y su prometida se alejaron, finalmente fuera del alcance del oído, Sebastián soltó a Catarina como si quemara. Se alejó un paso, recuperando su máscara de frialdad, aunque su respiración era un poco más agitada de lo normal.
— Eso —dijo él, señalándola con el dedo—, no estaba en las instrucciones.
Catarina se llevó las manos a las mejillas, que ardían como brasas.
— Lo siento, lo siento mucho. Me salió del alma. Verlo ahí, con ese esmoquin que compré yo... no pude evitarlo. Gracias, Sebastián. De verdad. Me has salvado la vida.
— No te he salvado nada —replicó él, aunque por dentro sentía una satisfacción impropia de su carácter—. Ahora medio salón piensa que somos pareja, incluyendo a mis padres. Me has metido en un lío monumental por un impulso infantil.
— Vamos a buscar otra copa —dijo él, dándose la vuelta—. Y esta vez, que sea de algo muy fuerte. Porque si vamos a fingir esto, voy a necesitar mucho más que lógica para sobrevivir a la noche.







