Mundo ficciónIniciar sesiónEl lunes había sido, en palabras de Sebastián, un desfile de miserias humanas perfectamente empaquetadas en trajes de marca. En su despacho, situado en el corazón del distrito financiero, el aire acondicionado siempre siseaba con una frialdad que combinaba perfectamente con su temperamento. Sebastián se dedicaba a los divorcios complicados.
Ese día había cerrado dos casos particularmente difíciles. Había visto a un hombre llorar no por perder a su esposa de veinte años, sino por perder su yate de recreo, y a una mujer intentar falsificar firmas para vaciar la cuenta de ahorros de los hijos. Para Sebastián, el matrimonio no era un sacramento, ni siquiera una promesa; era un contrato mal redactado con una tasa de interés impagable.
— El amor es solo una falta de información —murmuró para sí mismo mientras cerraba su computadora portátil.
Durante todo el fin de semana, un pensamiento parásito lo había estado molestando. No era una preocupación ética; no es que estuviera planeando redactar una carta documento para intimar a su vecina a pagarle las copas de la noche del viernes. Lo que le inquietaba era el silencio. Había pasado el sábado y el domingo esperando escuchar un portazo, una risa estridente o incluso el llanto que había presenciado en la barra del restaurante, pero no hubo nada. La puerta del 7A se había mantenido tan muda como una tumba.
Cuando entró en su departamento esa noche, el silencio lo recibió con su acostumbrada cortesía. Dejó las llaves en la consola de la entrada, se quitó la corbata con un gesto cansino y se desabrochó los primeros botones de la camisa. Se sirvió una copa de un tinto reserva, buscando ese entumecimiento reconfortante que solo el buen vino y la soledad pueden otorgar. Caminó hacia el ventanal y salió al balcón, dejando que el aire fresco de la ciudad golpeara su rostro.
Pero la paz duró apenas un suspiro.
— ¡Ese cabrón! ¡Lo voy a matar! ¡Te juro que lo voy a matar!
Sebastián dio un respingo, casi derramando el vino sobre su camisa impecable. La voz venía del balcón contiguo, separada apenas por un panel de vidrio esmerilado que otorgaba una privacidad puramente visual. Era ella. La mujer de la barra. La mujer cuyo nombre, por alguna razón que su memoria lógica no lograba procesar, se le había escapado por completo. Sabía que se lo había dicho entre sollozos el viernes, pero su cerebro lo había archivado en la carpeta de detalles irrelevantes.
Se acercó al borde del balcón y asomó la cabeza por el lateral del vidrio, viendo una silueta que caminaba de un lado a otro como un león enjaulado.
— Vecina —soltó él con voz profunda, tratando de imponer un poco de orden en el caos sonoro—. ¿Qué sucede ahora? ¿Otro compromiso sorpresa en las redes sociales?
Catarina soltó un alarido y dio un salto hacia atrás, chocando contra la pared de su propio balcón. Se llevó las manos al pecho, con los ojos como platos.
— ¡Ayy! ¡Santo Dios! —gritó ella, recuperando el aliento—. ¡Me diste un susto de espanto! ¿Qué es esa forma de presentarte? ¿Acaso quieres que me dé un infarto a los treinta años?
Sebastián arqueó una ceja, apoyando el codo en la barandilla con una calma exasperante.
— ¿Presentarme? Ya nos conocemos, aunque veo que tu memoria es tan volátil como tu capacidad para manejar el alcohol. ¿Acaso no recuerdas cómo llegaste a tu casa el viernes por la noche?
Catarina se quedó petrificada. Se acercó un poco más al panel de vidrio, intentando distinguir los rasgos del hombre que le hablaba, pero la penumbra y el reflejo de las luces de la calle solo le permitían ver una silueta elegante y unos ojos que brillaban con una inteligencia fría.
— ¿Fuiste tú? —preguntó ella en un susurro cargado de incredulidad—. No... no recuerdo casi nada del viernes. Mi mente se detuvo en el momento en que vi al maldito de Rodrigo colocándole un anillo a esa rubia que parecía hecha de plástico y perfección. Lo siguiente que sé es que desperté en mi cama con el peor dolor de cabeza de la historia y un ticket de un restaurante carísimo en mi bolso.
Sebastián no pudo evitar una pequeña sonrisa cínica. Así que ella lo había borrado del mapa mental. Era un golpe a su ego, pero también una confirmación de sus teorías sobre el desastre que era la vida de esa mujer.
— Te ahorré una escena con la seguridad del local y te traje en mi coche porque, para mi desgracia, compartimos el mismo rellano —explicó él—. Pero cuéntame, ¿a quién planeas asesinar con tanto entusiasmo esta noche?
Catarina soltó un suspiro largo, una mezcla de rabia y agotamiento. Se dejó caer en una silla de mimbre que tenía en su balcón, ocultando el rostro entre las manos.
— A Rodrigo. A ese mismo —respondió con voz quebrada—. Hoy fui al banco para entender por qué mi tarjeta no funciona, esperando que fuera un error del sistema. Pero no. El muy maldito sacó un préstamo personal a mi nombre hace tres meses. Todavía teníamos una cuenta conjunta para los gastos del departamento, y de alguna manera, falsificó o me hizo firmar papeles entre facturas de servicios. Tengo mis cuentas vacías. No solo se llevó mi tiempo y mi dignidad, se llevó mis ahorros para pagar las deudas que él mismo generó.
Sebastián sintió que el chip profesional se activaba automáticamente en su cabeza. Escuchaba estas historias a diario en su despacho, pero escucharlo así, en la oscuridad de la noche, de boca de una mujer que parecía estar a un paso del abismo, se sentía diferente. Era el caso clásico del "abuso de confianza en relaciones de pareja", algo que él manejaba mientras dormía.
— Es un fraude de manual —dijo Sebastián, su tono cambiando a uno mucho más técnico y autoritario—. Si no recordaste firmar esos papeles, es probable que haya habido dolo o suplantación de identidad.
— ¿Y qué importa? —dijo ella con amargura—. No tengo dinero ni para un café, mucho menos para un abogado que me ayude a pelear contra un tipo que ahora tiene una prometida rica.
Sebastián miró el líquido rojo en su copa. No sabía por qué lo hacía. Sus honorarios eran de los más altos de la ciudad y su tiempo era oro. Pero la idea de ese tal Rodrigo saliéndose con la suya, mientras él tenía que escuchar los gritos de su vecina cada noche, no le resultaba atractiva. En un impulso que desafiaba toda su lógica, habló:
— Puedo ayudarte —soltó.
Catarina se puso de pie lentamente, acercándose al vidrio esmerilado.
— ¿Tú? ¿Por qué lo harías?
— Soy abogado —respondió él, como si eso lo explicara todo—. Y me dedico precisamente a despedazar a personas como tu exnovio en los tribunales. Consideralo una inversión en mi propia tranquilidad acústica. Si te ayudo a recuperar tu dinero, quizás dejes de gritar amenazas de muerte en el balcón a las diez de la noche.
Hubo un silencio largo. Catarina pegó la frente al vidrio, intentando ver más allá de la superficie opaca.
— ¿De verdad harías eso? —preguntó con una vulnerabilidad que hizo que Sebastián se removiera incómodo.
— Solo si dejas de llamarme vecino y me tratas como a un profesional. Me llamo Sebastián.
— Catarina —respondió ella, y por primera vez en la noche, hubo una nota de esperanza en su voz—. Me llamo Catarina. Creo que eres exactamente el tipo de persona que necesito ahora mismo.
Sebastián bebió el último trago de su vino. "El tipo de persona que necesitas", pensó.
— Mañana a las nueve en mi despacho, Catarina. No llegues tarde y trae todos los documentos que tengas. Y por el amor de Dios, intenta no beber nada más fuerte que un té de manzanilla esta noche.







