Mundo ficciónIniciar sesiónSebastián no levantó la vista de la pantalla durante los primeros dos minutos. El silencio fue interrumpido solo por el clic rítmico de su ratón. Catarina jugueteaba con un mechón de su pelo, sintiendo que el aire acondicionado empezaba a congelarle las ideas.
— No —soltó Sebastián finalmente, rompiendo el silencio como quien corta un hilo tenso—. No se puede hacer nada, Catarina.
Catarina sintió que el suelo se abría bajo sus pies. Se inclinó hacia adelante, golpeando accidentalmente la mesa de cristal con su carpeta.
— ¿Cómo que no se puede hacer nada? ¡Ayer en el balcón me dijiste que podías recuperar todo! Me diste esperanzas, Sebastián. Me dijiste que eras el mejor en esto.
Él dejó escapar un suspiro cansino y, por primera vez, la miró a los ojos. Su mirada era como un escáner: fría, precisa y carente de cualquier rastro de sentimentalismo.
— Ayer hablaba basándome en tu relato. Pero hoy tengo los documentos frente a mí. Y, francamente, no sabía que habías sido tan tonta.
Catarina se enderezó, sintiendo que el calor de la indignación le subía por el cuello. — ¿Me estás insultando ahora? ¿Esa es tu estrategia legal? ¿Llamar estúpida a tu cliente?
— No eres mi cliente, porque no me has pagado un céntimo —replicó él con una calma exasperante—. Y no es un insulto, es una descripción técnica de los hechos. Según los registros, fuiste tú personalmente al banco a solicitar ese préstamo. Hay una firma digital y una física, además de una captura de cámara de seguridad de hace tres meses donde se te ve entrando a la sucursal de la calle 4.
— ¡No! ¡Te lo vuelvo a repetir! —exclamó ella, agitando las manos—. Fui para servirle de aval. Rodrigo me dijo que necesitaba un respaldo para un crédito de emprendimiento. El préstamo no era para mí, era para su negocio de importaciones. Seguramente ese dinero... —su voz flaqueó y sus ojos se humedecieron— seguramente lo usó para comprar ese diamante ridículo que le dio a su prometida. Me usó para pagar su propio compromiso.
Sebastián se reclinó en su silla ergonómica de mil dólares.
— No fue lo que firmaste, Catarina. ¿Acaso no lo leiste?
— Estaba muy apurada ese día —susurró ella, sintiéndose pequeña bajo la sombra de los rascacielos que se veían por el ventanal—. Mi jefe me estaba esperando para una reunión con unos auditores de la editorial. Rodrigo apareció en la puerta de la oficina con los papeles, me dijo que era urgente, que se le caía el negocio. Firmé lo más rápido que pude. Confíe en él.
— Ahí está. Firmaste sin leer —Sebastián cerró la carpeta con un golpe seco que sonó como una sentencia—. Nunca, jamás en la vida, se firma algo sin leer, Catarina. ¿Es que tus padres no te enseñaron las instrucciones de supervivencia básicas? Es la regla número uno de la vida adulta: el mundo no es un cuento de hadas, es un contrato lleno de trampas.
— ¡No empieces a darme lecciones de vida ahora! —estalló ella, poniéndose de pie—. He venido aquí buscando un abogado, no a un profesor de responsabilidad ciudadana. ¿Eso quiere decir que no voy a recuperar el dinero que el banco me sacó del sueldo?
Sebastián negó con la cabeza, disfrutando casi imperceptiblemente de tener la razón técnica, aunque la situación fuera un desastre humano.
— No solo eso, sino que tienes que terminar de pagar el préstamo. El embargo de tu sueldo de este mes solo cubrió la primera cuota impaga. Debes dos meses atrasados y este mes serían tres. El banco no entiende de desamores, entiende de deudores. Y legalmente, tú eres la única deudora.
Catarina se dejó caer de nuevo en la silla, sintiendo que el mundo se volvía borroso. — ¿Qué? Pero si no tengo nada... apenas me alcanza para el alquiler.
— Ese es el segundo punto —continuó Sebastián, implacable—. Puedo ayudarte a renegociar la deuda para que las cuotas sean más bajas, pero a este ritmo, deberías buscar otro trabajo o, al menos, mudarte a un edificio más económico. Tu estilo de vida actual es insostenible con una deuda bancaria de este calibre.
— No me lo puedo creer —Catarina soltó una risa amarga, al borde de la histeria—. ¿Y en serio te llaman el mejor abogado de la ciudad? No me has ayudado en nada. Me has dicho que soy tonta, que mi ex es un genio del mal y que me voy a quedar en la calle. ¡Gracias, Sebastián! ¡Gran trabajo!
Él no se inmutó ante el sarcasmo.
— Perdón. Uno: Repito no me has pagado un céntimo, así que no me exijas resultados de oro. Y segundo: firmaste en plena facultad. No hubo coacción física, ni te pusieron una pistola en la cabeza. Hubo exceso de confianza, y la confianza no es un argumento legal válido en este país.
Catarina se tapó la cara con las manos. El pánico empezaba a filtrarse por sus poros. Se imaginó empacando sus libros, sus plantas y sus cuadros coloridos para irse a una pensión de mala muerte mientras Rodrigo brindaba con su chica rubia en algún resort de lujo.
— ¿Y qué voy a hacer ahora? —preguntó, más para sí misma que para él.
Sebastián consultó su reloj de pulsera. Un Patek Philippe que probablemente costaba lo mismo que la deuda de Catarina.
— Ya analicé tu caso y no puedo hacer más por la vía legal tradicional. Tengo otra cita en media hora con un cliente que sí lee lo que firma.
— ¿En serio me vas a despachar así? —Catarina lo miró con una mezcla de odio y desesperación—. ¿Me vas a dejar hundirme?
Sebastián la observó en silencio. Había algo en la forma en que ella se aferraba a su carpeta barata que le recordó por qué odiaba tanto los casos de familia: la gente era demasiado frágil. Pero también vio que, si ella perdía el departamento, él volvería a tener el silencio aburrido de antes. Y, por alguna razón que se negó a llamar "lástima", decidió abrir una puerta que nunca abría.
— Puedo ofrecerte un trabajo los fines de semana —dijo, y su voz sonó extrañamente tensa, como si se arrepintiera de las palabras mientras salían de su boca.
Catarina parpadeó, confundida.
— ¿Qué tipo de trabajo?
— Trabajas en una editorial, ¿no? Dijiste que eres licenciada en letras.
— Sí, soy asistente de editora de ficción —respondió ella, desconcertada por el cambio de rumbo.
— Bueno, mi despacho está desbordado de trámites administrativos que mis asociados no tienen tiempo de pulir. Podrías ayudarme con mis trabajos: leyendo demandas para buscar errores de sintaxis, redactando correos importantes, organizando archivos... como una secretaria externa, algo así. Trabajarías desde casa o aquí los sábados.
Catarina procesó la información. Trabajar para el hombre que acababa de llamarla tonta no era su plan ideal de fin de semana, pero la palabra "dinero" brillaba en su mente como un faro.
— ¿Y cuánto sería la paga? —preguntó de inmediato—. Estoy tan desesperada que voy a aceptar. ¿Me lo puedes adelantar?
Sebastián soltó una carcajada corta y seca, llena de incredulidad.
— ¿Ves? Otra vez cometiendo errores, Catarina. Estás aceptando sin siquiera haber escuchado la oferta del sueldo ni las condiciones del contrato. ¿Es que no aprendiste nada en los últimos diez minutos?
Catarina se sonrojó hasta la raíz del pelo.
— Es que... necesito pagar mi alquiler hoy, Sebastián. Si no, me dejan en la calle.
Él suspiró, tomó un talonario de cheques y escribió una cifra con una caligrafía perfecta.
— Te daré un adelanto por el primer mes. Pero bajo una condición: si trabajas para mí, sigues mis instrucciones. Y la instrucción número uno es que debes leer todo ¿Entendido?
Catarina tomó el cheque, viendo que la cantidad era sorprendentemente generosa. Miró a Sebastián; su rostro volvía a ser una máscara de piedra, pero por un segundo, ella creyó ver un destello de algo parecido a la protección en sus ojos.
— Entendido, jefe —dijo ella con una pizca de su antigua chispa divertida—







