CAPÍTULO 16
Eran las nueve de la mañana. Y el silencio era absoluto.
Sebastián se preparó un café expreso y salió al balcón. Miró hacia el lado izquierdo, hacia el territorio de Catarina. Las cortinas estaban cerradas. No había ropa secándose, ni tazas de café olvidadas, ni rastros de la mujer que la noche anterior había llorado en su coche manchado de rímel la tapicería de cuero.
— Será que aún está dormida —murmuró para sí mismo, dando un sorbo al café amargo.
Esperó. Revisó su correo electró