El camino hasta el punto de encuentro se hizo eterno, nadie habló durante el trayecto, Mari miraba por la ventana, con la mandíbula apretada y los dedos entrelazados, apretando sus manos con tanta fuerza que sus dedos se estaban poniendo blancos.
Ella sentía el estómago revuelto, tenía miedo, sí, tenía pánico de tantas cosas a la vez, primero, cada segundo que pasaba sin saber si su madre seguía viva era una tortura, segundo, el riesgo que corría de no poder volver con sus hijos, sin embargo,