El ruido metálico del portón abriéndose resonó en el patio del recinto policial al amanecer, Mari salió finalmente, con el rostro cansado, pero con el orgullo intacto.
Llevaba la cabeza erguida, aunque las horas en ese lugar habían sido una tortura, Mari todavía no podía creer que había pasado la madrugada allí, respondiendo un interrogatorio de algo que ella jamás haría.
Apenas cruzó la puerta, su madre corrió hacia ella y la abrazó con fuerza.
— Mi niña… — Susurró Isabela, conteniendo las