La mente de Lena divagaba entre recuerdos cuando, abruptamente, la voz de una azafata resonó por los altavoces anunciando el aterrizaje en el Aeropuerto Internacional Logan. Después de unos minutos, con movimientos automatizados, salió del avión, retiró su equipaje y, al pisar el asfalto frío de Boston, una oleada de emociones la embargó.
Entonces, una imagen la paralizó: los ojos verdes de su hija brillaban en su memoria como faros en la niebla.
—Mi princesa de los cuentos caídos... Todavía no