Sofía se enderezó con torpeza mientras se ajustaba el vestido. Su rostro, antes ruborizado, ahora se contraía de ira. Clavó sus ojos en Damián como si él fuera el juez de un juicio ya sentenciado. Alzó la barbilla y, dejó que unas lágrimas rodaran por sus mejillas mientras señalaba a Mónica con un dedo.
—¡Todo esto es obra de la señorita Mónica! —Su voz se quebró deliberadamente al alzar el tono—. Lleva una semana metiéndose en mi trabajo... ¿Qué te he hecho yo para merecer esto, Mónica? ¿Celo