Epílogo.

Dante.

Finalmente, decidimos llamar al chofer; veníamos cargados con todo lo que habíamos comprado en el supermercado. Cuando bajamos en la entrada del rancho, mi madre apareció corriendo junto a las empleadas y los trabajadores, todos deseosos de ayudar. Nuestros hijos estaban agotados:

—Tengo mucho sueño, abuelita… —murmuraron, restregándose los ojitos.

—Vengan, mis niños, vamos a dormir —respondió mi madre con ternura—. Entren, entren.

Mi esposa se acercó, me tomó la mano y me susurró:

—Quer
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