Había pasado ya media hora desde que el doctor comenzó a atender a José, y los chicos aún no regresaban.
Daba vueltas impaciente en la sala, mientras Fara permanecía sentada en la escalera, frotando sus manos con nerviosismo.
La puerta se abrió de golpe, y ambos entraron completamente sucios. Fara se puso de pie de inmediato y se acercó a ellos.
—¿Qué sucedió? —preguntó ansiosa—. ¿Pudieron ver de quién se trataba?
—No vimos a nadie —respondió Damián, negando con la cabeza—. Mientras patrullábam