Habían pasado tres días desde aquella madrugada interminable.
Las máquinas seguían marcando el ritmo irregular del corazón de mi padre, pero al menos ya no estaba en peligro inminente. Los médicos fueron claros: debía permanecer en reposo absoluto y bajo cuidados continuos.
Fue entonces cuando Damián propuso lo que, en el fondo, todos sabíamos que era lo correcto.
—No puede quedarse solo en la mansión —dijo con firmeza, mirando a mamá y a mí—. La soledad lo mataría más rápido que cualquier enf