La mañana comenzó demasiado luminosa.
Farah hablaba sin parar mientras caminábamos por un lugar llamado el Casco Antiguo. El sol caía sobre las fachadas coloniales y por un momento me sentí fuera del caos.
—Cuando nazca, yo voy a enseñarle a ser rebelde —decía ella riendo—. No puedes tener un hijo tan perfecto como mi hermano.
Sonreí.
—Por favor, con que no herede mi terquedad estamos bien.
—Eso es imposible.
Mi teléfono vibró.
No miré enseguida.
Hasta que vibró otra vez.
Y otra.
Lo saqué.
Una