No fue el silencio que me despertó, si no la calma.
Lucrecia incluso durmiendo era inquieta. Siempre entrelazaba sus pies con los míos, buscaba mi mano o enterrar su cara en mi lecho y toda la madrugada no había sido así.
Extendí la mano, como siempre. Busqué su vientre. Su calor, pero no había nada.
Abrí los ojos. La cama estaba fría de su lado.
—Lucrecia... —murmuré, todavía medio dormido.
Silencio.
Me incorporé, observé el reloj y eran las cinco de la mañana.
El baño estaba vacío. El cló