Despertar no fue abrir los ojos.
Fue volver a sentir peso.
Mi cuerpo.
Mi respiración.
Un dolor profundo, pero soportable.
Intenté moverme y el sonido constante de un monitor me recordó que seguía aquí.
Viva.
Abrí los ojos lentamente.
Luz blanca. Techo blanco. El olor limpio y frío de hospital.
Y luego... él.
Damián estaba inclinado hacia adelante en una silla, con la cabeza apoyada en el borde de la cama, su mano aferrada a la mía como si temiera que volviera a irme.
Tenía la barba más crecida.