LXV

A kilómetros de distancia, difuminados por la bruma invernal de Inglaterra, los plebeyos seguían aglomerándose en la entrada principal para intentar agradecer a la reina por su supuesta buena voluntad. Al mirarlos desde la distancia, Catherine no experimentó compasión ni orgullo. 

De alguna forma u otra, sentía sed de asesinar. Algo desde lo más profundo de su corazón de madre le decía a gritos que algo no estaba bien,

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