LXIV

La agonía del pueblo inglés parecía haber menguado, adormecida por lo que los ojos ciegos y lagañosos de la plebe consideraban la magnanimidad de su reina. Para los miserables que se agolpaban a las puertas de bronce de la ciudadela, la apertura de los graneros mohosos y el cese temporal de las ejecuciones sumarias eran muestras de una piedad celestial; para Catherine de Luxiner, cada una de esas dádivas no era más que un hilo invisible en el tapiz de

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