LXIX

El pacto no se había firmado con tinta, sino con la asimilación de sus esencias.

Catherine no se detuvo a contemplar el letargo inicial de su nuevo siervo. Lo apartó con una brusquedad que pretendía ocultar la sutil vibración de su propio cuerpo tras el festín. La noche aún era joven, pero la tormenta comenzaba a ceder ante la inevitable llegada de un alba pálida, una línea gris y enferma en el horizonte que amenazaba con e

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