Ernesto
Cómo me duele verla tan triste. Habíamos desayunado una vez que salió del baño. Sus ojos hinchados confirmaron lo que supuse. Desde entonces cada uno tomó un lugar de la habitación y de eso habían pasado horas. Podía verla sentada en el mueble del balcón, abrazada a sus piernas.
Por momentos me dan ganas de echar mi rabia a un lado y besarla, despojarla de la ropa y hacerla mía de nuevo. Pero pienso en su proceder y me abstengo. Una camarera ingresó, pero lo hizo muy rápido, entregó el