Curiosamente, tras el beso, permanecieron entrelazados más tiempo de lo previsto. Su calidez aún se sentía vibrante en el interior de ella, dejándola exhausta y vulnerable. De mala gana, Gabriel se retiró; su cuerpo seguía tenso y su respiración era pesada. La observó con un hambre renovada ardiendo en sus ojos verdes, pero de pronto, por alguna razón, su expresión se tornó preocupada.
—Necesitamos comer —dijo, y sus propias palabras lo sorprendieron—. Tengo planes para más tarde y no aguantarem