Los labios de Alfred se curvaron en una sonrisa tranquila y agradable. Levantó su mano arrugada, señalando la silla al lado de Jeffrey Cavalier.
—Siéntate, Isla.
Pero ella no se movió.
Por un segundo, sintió que el corazón se le detenía. El miedo le recorrió las venas como si fuera hielo. “Seguro que el viejo se creyó la misma mentira que Gabriel”, pensó. Su instinto fue defenderse, explicarlo todo, suplicarle que le creyera. Pero antes de que pudiera siquiera abrir la boca, las siguientes palab