—Señor, ¿qué dice? ¿Deberíamos cancelar los contratos o aprobarlos? —preguntó el director de operaciones de la empresa con cautela, rompiendo el silencio que se había prolongado demasiado.
Era un hombre alto, de hombros anchos y cabello oscuro y rizado, bien recortado a los lados. Los mechones sueltos que caían sobre su frente suavizaban sus rasgos marcados. Sus gafas rectangulares le daban un aspecto intelectual, casi de sabelotodo, que contrastaba con la presencia fría e imponente de Gabriel.