—No te sorprendas, Isla —dijo Alfred con esa sonrisa de complicidad—. Hay cosas que no sabes sobre mí. Hoy te contaré un poco. No porque quiera hacerlo, sino porque mereces saberlo.
Hizo una pausa y sujetó con fuerza la empuñadura de su bastón antes de regresar a su silla. El ritmo pausado de sus pasos resonó por todo el estudio. Al sentarse, Isla también se acomodó en silencio, con los dedos entrelazados con fuerza sobre el regazo.
—He cometido muchos errores, Isla —empezó a decir en un tono má