Cuando el sol se hundió bajo el horizonte, la Isla Seathrone vivió una transformación que quitaba el aliento. Las luces se encendieron por toda la finca y proyectaron un cálido resplandor ambarino a lo largo de los sinuosos senderos de piedra. La villa relucía contra el violeta cada vez más profundo del cielo, y sus amplias paredes de vidrio reflejaban los últimos rayos dorados.
Más allá de la orilla, el océano se extendía como un espejo vasto y en calma que retenía la última luz del día. Cuando