La finca Townsend amaneció en una quietud densa aquel día, pero no era la calma apacible que solía acompañar el orden estricto de Clarissa. Era algo inquietante.
Todos los sirvientes se movían con un cuidado exagerado y solo hablaban cuando era estrictamente necesario, mientras los guardias se mantenían más erguidos que de costumbre, con una presencia deliberada, no ceremonial. Algo había cambiado, y la tensión dentro de la residencia principal era casi asfixiante.
Clarissa estaba sentada en el