La primera imagen de la Isla Seathrone bastó para dejar sin palabras a todos los que venían en la flota. Se levantaba del océano como una obra maestra tallada por los elementos.
La isla no era estridente ni excesiva; era, simplemente, perfecta. Una media luna natural de arena blanca recibía a los yates, mientras el agua que la rodeaba brillaba en un degradado de esmeralda y zafiro profundo.
En el corazón de la isla se erguía la villa, un santuario de cristal y piedra que parecía prolongarse haci