Mercy se movió despacio en la cama, pesada por ese cansancio que deja una noche de pasión sin tregua. La suave luz del mediodía bañaba la habitación del penthouse al colarse por las persianas a medio bajar, y el perfil de la ciudad se difuminaba a lo lejos más allá de las ventanas.
Parpadeó ante el resplandor, con un dolor muscular extrañamente placentero que le traía a la memoria las manos de Aurelian, su boca, su cuerpo buscando el suyo.
Las sábanas seguían enredadas alrededor de sus piernas,