—Mírame, Mercy —ordenó con firmeza, pero con ternura—. No apartes la mirada. Quiero que veas cuánto he deseado esto. Cuántas ganas he tenido de probarte, de saborear cada gota de ti.
Ella obedeció y clavó los ojos en él. Esa intensidad la hizo temblar. Un relámpago volvió a quebrar el cielo y el trueno retumbó.
Aurelian le separó los muslos y la expuso al aire fresco. Estaba húmeda y reluciente. Él gimió al verla, con los dedos rozándole la piel sensible de la cara interna de los muslos.
—Estás