El jet por fin se estabilizó.
El rugido de la aceleración fue cediendo hasta quedar en un zumbido constante mientras ascendían por encima de las nubes. La luz del sol se filtraba por las ventanillas ovaladas y bañaba la cabina de un dorado cálido y tenue.
Mercy exhaló despacio. El momento, el roce accidental de las narices y el silencio tenso seguían flotando entre ellos como una corriente eléctrica sin cerrar. Pero Aurelian fue el primero en moverse. En cuanto lo hizo, el aire cambió.
Se recost