—Quita tus sucias manos de la dama. Ahora.
La orden cruzó la habitación y tomó a Adam por sorpresa. Había olvidado cerrar la puerta con llave. El tono no era fuerte ni apresurado. No transmitía duda ni miedo, solo autoridad. Adam se paralizó.
Mercy percibió el cambio antes incluso de comprenderlo. El peso que la inmovilizaba desapareció. Adam se levantó de la cama, respiró con dificultad y se volvió hacia la puerta.
Ahí estaba Kendrick.
Tenía una mano apoyada con calma en el costado y la otra ce