Gabriel entró en la mansión a toda prisa, sin bajar el paso.
Las empleadas, formadas a ambos lados de la entrada del pórtico para recibirlo en cuanto llegara su auto, lo saludaron. Pero él las ignoró. Tenía una actitud impenetrable.
Cuando el mayordomo lo vio, los ojos se le abrieron de par en par por la sorpresa. El atuendo sencillo de Gabriel, su cuello descubierto y las pantuflas en sus pies. Ese no era el impecable y tranquilo señor Wyndham que estaban acostumbrados a ver. Un temor cruzó la cara de Stephen mientras hacía una reverencia.
El mayordomo habló con rapidez.
—Buenos días, señor Wyndham. Qué agradable sorpresa.
Su voz sonó grave, pero dura.
—¿Dónde está mi abuelo?
—Está en su descanso...
Gabriel no lo dejó terminar. Ya estaba en movimiento, y sus pasos resonaban en el vestíbulo mientras se dirigía al comedor familiar.
Al llegar a la puerta, vio a cuatro empleadas apostadas allí. En cuanto lo vieron acercarse, inclinaron la cabeza respetuosamente. Una de ellas anunció su ll