Gabriel entró en la mansión a toda prisa, sin bajar el paso.
Las empleadas, formadas a ambos lados de la entrada del pórtico para recibirlo en cuanto llegara su auto, lo saludaron. Pero él las ignoró. Tenía una actitud impenetrable.
Cuando el mayordomo lo vio, los ojos se le abrieron de par en par por la sorpresa. El atuendo sencillo de Gabriel, su cuello descubierto y las pantuflas en sus pies. Ese no era el impecable y tranquilo señor Wyndham que estaban acostumbrados a ver. Un temor cruzó la