Isla le pasó el celular a Gabriel despacio, con los dedos todavía un poco temblorosos. Aún no se atrevía a hablar. El corazón le latía demasiado rápido y el pecho le subía y bajaba como si acabara de correr una larga distancia.
Gabriel tomó el celular y se reclinó en su asiento. Sus ojos recorrieron el correo. Volvió a leerlo. Levantó las cejas poco a poco y sonrió apenas. Para cuando terminó de leer, su expresión se había suavizado.
—Bueno —dijo con dulzura, devolviéndole el celular—, felicidad