Al principio, Diana estaba tranquila. Se quedó sentada en silencio, con las manos cruzadas sobre el regazo y la mirada baja, clavada en el piso, tratando de comprender el sentido de las palabras de Stone.
Claro, ella había rezado todos los días por la seguridad de su hija. Cada mañana, cada noche, esa era su oración. Se aferraba a la esperanza. Creía que desear y rezar eran las únicas cosas que la mantenían viva hasta ese momento.
Pero la verdadera pregunta no era si Isla estaba a salvo. La verd